Andar en bicicleta por el Camino Internacional

Desde chico que me gusta andar en bicicleta, quizás como todos los niños. La primera fue una con rueditas, con la que andaba por el pasaje de tierra y maicillo en mi casa de la población Santa Teresita.

Era el número 262 de Los Magnolios, década de los ochenta, cuando las noches eran muy oscuras por motivos políticos y los trenes comenzaron a seguirme. Lo hicieron por más de 20 años.

Mi mundo infantil semi rural era ajeno a los movimientos políticos de la dictadura, y a las atrocidades cometidas por esta, a pesar de estar en una ciudad en la que habían dos importantes regimientos militares y ser un lugar al que Pinocho le tenía cariño.

Recuerdo una bicicleta pequeña, con unos forros de goma acolchada que cubrían algunos de los fierros y unas tiras de colores que se movían con el viento al avanzar.

Al principio cualquier tipo de movimiento era con las rueditas que me alejaban de morder el polvo y una raspadura de rodillas. El andar era un ir y venir por la tierra del pasaje.

La salida de las ruedas de apoyo significó una ampliación del universo conocido. Llegar al almacén de la señora Olivia era toda una hazaña, pero una aventura más extrema aún era llegar a la cancha de bicicross.

En mi juventud la pista tuvo otros usos a pesar de que mi abuela tenía una casa justo enfrente. Muchas veces llegábamos en la noche ahí a arreglar la vida, a conversar de cualquier cosa, creyendo que no había más mundo que el que podíamos mirar. La cerveza ayudaba a debatir más temas y a escuchar más historias.

Retomando la niñez, llegar a la esquina de Los Naranjos con Instituto era enfrentarse con una montaña gigante practicamente imposible de subir. No recuerdo cómo le llamábamos pero si tuviese que ponerle una altura ahora, parecía una casa de dos pisos.

Es probable que con el tiempo haya ido erosionándose y eso le haya bajado la altura, tal como le pasa a los humanos, que se van achicando con el desgaste de los años. Pero probablemente nunca tuvo más de dos metros de altura.

Para subir ahí tenía que bajarme de mi vehículo personal y caminar con el al lado. Llegar arriba permitía tener una visual casi total de eso que parecía el Fantasilandia (que aún no conocía) de Quillota.

Los árboles eran mucho más chicos que hoy y partir a toda velocidad hacia abajo te hacía sentir gigante. Los neumáticos reciclados que daban dirección a la pista estaban pintados de colores y también servían para jugar, conformando unos túneles, que muchas veces estaban meados, aunque no importaba mucho.

El recorrido daba varias vueltas por una plaza y terminaba en la nada. Ahí podías devolverte o pasar hacia un sector de juegos. Era una maravilla. La maravilla más lejana a la que podíamos llegar.

Al tiempo se sumó mi padre a los recorridos. Creo que salíamos los tres junto a mi hermano a pesar de que recuerdo solo dos bicicletas en la casa.

La Santa Teresita estaba en el límite urbano de la ciudad por lo que avanzando solo unos metros llegabas al campo, las acequias, las vacas y los eucaliptos.

Por ahí es donde salíamos o a veces creo que por el sector de La Tetera, con sus árboles grandes, el viento suave y su característico y agradable olor a ruralidad.

La meta era el Camino Internacional, que era como la Fórmula Uno para las bicicletas para niños. El lugar inalcanzable y nuevo que te permitía observar ojalá de no tan cerca vehículos y camiones andando muchas veces a más de cien por hora.

Ahí andábamos con mi viejo, por una berma, la que da hacia el sector de La Campana. Yo detrás de él para seguirlo o a veces él delante de mi para resguardarme.

Recuerdo una vez que íbamos avanzando por el borde rugoso que significa la berma y mi papá dándome instrucciones para cruzar al otro lado. Mira bien para un lado, mira bien para el otro. Esperemos que pasen todos los autos primero.

Luego de una charla con instrucciones que se me hizo eterna y a la que puse poca atención probablemente, me dice a la cuenta de tres cruzamos. Cuando iba en el número uno yo ya iba a la altura de las líneas discontinuas que indican que los autos pueden adelantar.

Llegue al otro lado y recuerdo sentir el viento de un camión que me movió pero no me botó. No le puse mayor atención. Desde el otro lado vi cruzar a mi viejo, pálido, con el corazón en la boca y preguntándome si estaba bien. Creo que fue la última vez que anduve en bici fuera de la ciudad hasta que me fui de Quillota.

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